El placer de ver a un futbolista

Es un hecho. No es posible ver a Colombia sin sufrirla. Pero no por eso hay que bajarle el perfil a la valiosa victoria de este jueves contra Paraguay. Esa Selección solo había perdido un partido en todo el torneo antes de caer contra la selección nacional (4-2 contra Uruguay), tres de sus delanteros marcaron 14 de los 15 goles que suma el equipo en el certamen y hasta ayer era el segundo mejor del Suramericano. Sí, son los mismos tres puntos aunque el rival tenga tantos pergaminos. Pero en el ánimo, a pesar de tanta angustia, la victoria vale mucho más que fríos números.

No se ha ganado nada. Pero la ilusión está viva. Y lo está en gran parte porque se le abrió la puerta al único jugador colombiano que invita a soñar, a ese que parece no distinguir demasiado entre la camisa de Brasil y Uruguay -no se arruga, dirán algunos-, a quien ni la más rebelde lesión logra sacar de un partido.

El hombre que le da fútbol a un equipo de gigantes muy disciplinados pero no siempre talentosos nació en el barrio La Central de Granadas, en Soledad (Atlántico) hace 20 años. El olfato de una tía lo puso en una escuela de fútbol y en adelante fue su talento el que lo hizo futbolista profesional. Cuando ve fútbol por TV, se imagina en los zapatos de Lionel Messi. Mientras eso pasa, se pone la camiseta del Deportes Tolima.

Se llama Cristian Mejía y es el hombre que a muchos nos pone frente a la TV a sufrir a la selección. Vale la pena por ver su gambeta, su picardía, sus inagotables ganas de ‘comerse la cancha’.

El único defecto de Mejía es que mide 1,65m. ¿Defecto? Eso dirían del mismo Messi (1,69m), el que técnicos y futbolistas llaman ‘el mejor futbolista del mundo’, o de Darwin Quintero (1,65m), por hablar de un caso más cercano, a quien por unanimidad se eligió como el mejor jugador del torneo colombiano en 2008. Si, defecto en los equipos que privilegian la estatura. Pero privilegio para el hincha, el que busca magia y explosión en un jugador, el que mendiga fútbol bonito aún contra la crudeza del resultado. La alegría de este apasionado del vallenato es un respiro en medio de la mediocridad.

Jenny Gámez A.
Redacción ADN

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